Valladolid

Viajando por Catilla y León

Espero que os animéis y contéis vuestras excursiones. Ya sabéis que podéis sacar un montón de ideas para vuestros itinerarios en todos los libros que nos regaló la Junta.
El día 22 de enero hice una excursión tan bonita que os la quiero contar.










Viajando por nuestra Comunidad Autónoma
La Junta de Castilla y León nos regaló unos libros muy interesantes y útiles. Yo he aprovechado éste para hacer una ruta en la que disfruté mucho a
pesar del frío.
Mi ruta empezó en Ciñera de Gordón, un pueblo de León.


Quería ver “El bosque encantado”. Se trata de un hayedo centenario de troncos retorcidos, donde estoy segura que si me hubiera quedado más tiempo habría visto hadas, duendes y quién sabe si incluso lamias. Sé que no lo creeréis pero si hubierais estado conmigo me habríais dado la razón.
Las hayas de este bosque, El Faedo, tienen más de 100 años y por eso sus troncos son tan retorcidos. Hay uno que le llaman Fagus y cumplió 500 años en el 2008. ¿Os dais cuenta la cantidad de cosas que habrá visto y oído?


Por el bosque discurre un pequeño riachuelo y al otro lado podemos ver un desfiladero. El río y las orillas estaban salpicados de hielo. A veces de una rama colgaba una gota que se había congelado y brillaba como un diamante.



Me enteré que una abuela del pueblo se había inventado un cuento para regalárselo a su nieta o quizá no se lo inventó sino que se lo contó alguna criatura del bosque. ¿Vosotros que creéis?

Un cuento de Josefina Díaz del Cuadro
Una vez me contó un abuelo que hace muchos, muchos años, antes que hubiera casas en el valle, cuando aún los hombres vivían al aire libre y los inviernos eran crudos y largos, vivía en el Faedo una bruja llamada Haeda. Tenía poderes sobrenaturales, dicen que se los otorgó el demonio, pero que la advirtió: “Debes usarlos para hacer el mal, pues si con ellos haces el bien te consumirás y en tres días desaparecerás.”
La bruja Haeda se frotó las manos, y se preparó para hacer todo el mal que pudiera.
Entre La Vid y Santa Lucía, vivía una familia, la madre María, el padre Miguel y nueve hijos pequeños. Por el verano sembraban patatas, fréjoles y lechugas, pues se daban muy bien y con ellos alimentaban a sus hijos. Pero cuando llegaba el invierno las cosas se ponían muy difíciles, y como no tenían donde refugiarse por la noche subían hasta la cueva de los Infantes y allí se guarecían de la nieve y de las heladas. Pero un día nevó y nevó, el viento soplaba la ladera de la montaña que estaba helada y por más que María y Miguel empujaban a sus hijos hacia arriba no conseguían llegar a la cueva, los niños resbalaban y volvían a caer.
Haeda estaba sentada en Berciegos, (bien es sabido que las brujas no tienen frío) y sintió un escozor en el pecho al ver aquellos padres que no podían resguardar a sus hijos del frío. Usando sus poderes arrancó un montón de piedras de las montañas y las prendió fuego, se pusieron rojas y chispeantes dando un calor agradable, pero lo más milagroso es que duraron encendidas toda la noche, María y Miguel colocaron a sus hijos alrededor y durmieron toda la noche.
A la mañana siguiente había un gran montón de cenizas, ellos no se explicaban lo que había pasado. Aquel día siguió nevando, en el puerto había niebla y el frío era insoportable. Haeda pensó que aunque les ayudara otro día aún le quedarían poderes. Así que volvió a arrancar piedras de las montañas y las prendió fuego haciendo una gran hoguera. Pasaron la noche calientes, por la mañana vieron mucha, mucha ceniza que guardaba las brasas en sus entrañas, metieron patatas para que se asaran y los niños las comieran tiernecitas.
Haeda se miró en el arroyo y se vio envejecida y cansada, estaba agotada pero dispuesta a ayudarles un día más aún a costa de su vida, pero pensó que no sería suficiente, el invierno en estas tierras es largo y no podrían resistirlo. Meditó la bruja buena, y juntando todas las fuerzas que le quedaban hizo que todas las montañas del valle se llenaran de piedras que prendieran y dieran calor. Vinieron muchas familias y fundaron un pueblo sobre las cenizas y le llamaron Ciñera. Desde entonces ningún niño pasó frío por las noches. Haeda así lo quiso.
Dicen que Haeda se fue a morir al Faedo y que dejó mechones de pelo blanco entre las hayas...